Polvo rosa. Relato Erótico

 

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Algunos lo llaman polvo rosa, otros polvo vainilla, lo cierto es que de polvo no tiene mucho. El romanticismo, la delicadeza y las caricias suaves suelen quitarle la pasión al sexo. Sin embargo como seres de cuerpo y mente, a las mujeres siempre nos hará falta eso que cursimente llamamos “hacer el amor”

El sexo me encanta, tirar, sentirlo adentro, la fricción, el sudor, el choque de cuerpos. Extrañamente también me gusta un roce delicado, un camino de besos, dedos bajando por mi espalda dejándome la piel erizada. El problema es que muchos hombres no toman en cuenta este tipo de cosas al tener sexo, o al menos no logran el equilibrio entre estas dos líneas de comportamiento: la sexual y la amorosa. Algunos tiran, lo meten, lo sacan, lo meten y lo sacan otra vez; y eso me gusta, eso es exactamente lo que me gusta. Otros se enfocan en caricias y lo hacen con delicadeza para no hacer sentir como una puta a su pareja. A caso, ¿no puede haber un equilibrio entre estas dos cosas? Así, comienza mi fantasía con el hombre perfecto.

Uno que sabe darme una buena nalgada y al mismo tiempo me besa la espalda danzando vertebra por vertebra. Santiago, así lo llamé, es la mezcla de dos amantes que me han marcado. Uno desenfrenado, no le importaba tratarme como una prostituta, yo era su perra, su feliz perra; el otro cariñoso, me trataba como una princesa, besaba cada parte de mí como si fuera un lugar sagrado. Una tarde llegué del trabajo cansada, me senté en la cama para quitarme los tacones. Santi me pidió que no lo hiciera, porque así me veía más sexy. Le dije que estaba exhausta y que necesitaba relajarme. Me miró y tapó mi boca con uno de sus dedos, su delicioso dedo índice. Me levantó suavemente y besándome me quitó la chaqueta despacio, bajó el cierre de mi falda y la dejó caer. Desabrochó mi camisa bruscamente y me dejó allí parada, entaconada, con un hermoso juego de ropa íntima. Retrocedió unos pasos y saboreando me miró de arriba abajo. Yo extrañamente no tenía muchas ganas de juguetear, estaba dispuesta a abrir mis piernas para dejarme penetrar y finalmente poder descansar. La tendría difícil. Reconociendo mi actitud, me rodeó dando pasos sigilosos.

Ya detrás de mí posó sus manos en mis hombros y moviéndolas circularmente me masajeó bajando hasta mis senos. Pellizcó mis pezones, los jaló y recostó su miembro entre mis nalgas. Con una mano en mi cuello me reclinó dejando mi trasero a su disposición. Me tiró en la cama y comenzó a besarme dulcemente desde el talón hasta el coxis, allí abrió un poco mis piernas, introdujo un dedo dentro de mí y jaló la cola de caballo que llevaba puesta. Besó mi cuello, respiró oliéndome el pelo, metió las manos delante de mí y me manoseó. Paró, besó mis costillas una por una, haciéndome cosquillas, me volteó, tomó mi vientre y pasó la lengua desde mi pelvis hasta mi pecho. Flexionó mis piernas y las separó, sacó su pene y tocó con la punta mis labios vaginales, metió la punta, solo la puntica. Una vez húmeda me rozó con sus dedos tomando un poco de mi “vainilla” para extenderla por toda la zona. Metió de nuevo una parte de su miembro y haciendo círculos empujaba una y otra vez mi clítoris haciéndome derramar más jugo. Retorciéndome en la cama, con los tacones aún puestos tomé fuerzas para pararme e invertir posiciones. Tomé su miembro erecto y lo metí entre mis senos, los masturbé, a lo rusa, mientras sacaba mi lengua para tocar la sabrosa punta de su pene cada vez que subía y bajaba. Así lo hice acabar, me llenó los pechos, la boca y parte de la mejilla de semen.

Me paré aún sedienta, desnuda y en tacones me solté la cola que llevaba amarrada, él enseguida se acercó a mí, metió sus dedos entre mi pelo masajeando la parte de atrás de mi cabeza y besando mis ojos y mi frente tiernamente. Me cargó y me montó sobre él, pasó lentamente sus dedos por mi espalda erizándome toda. Besó mi boca por partes como indicando los puntos cardinales. Llegó a mis nalgas y me dio con la palma un azote preciso y me apretó. Comenzó a moverse dentro de mí mientras su lengua rodeaba mis pezones. Yo arqueada no hacía más que gemir y dejarme llevar por la terapia de relajación que Santi me estaba dando. Tomándome por las caderas me alzó cinco veces seguidas. Una, con el cuerpo hacia atrás sentí su pene muy dentro de mí. Dos, la capuchita que lo recubre se bajó casi en cámara lenta creando rozándome toda. Tres, sus bolitas tocando mis nalgas rebotaron dándome rico. Cuatro, pegada a su cuerpo y con los tacones guindando se me escapó un grito de placer y cinco… metió sus manos por detrás de mis muslos y me abrió desde allí dejándolo entrar un poco más… eso bastó para abrirme un chorro de placer. Mis fluidos se unieron con los suyos y nuestros gemidos no paraban. Los tacones cayeron al suelo y caímos acostados en la cama. Cansada pero liviana posé la cabeza en la almohada y caí rendida de sueño, relajada y feliz por tener al hombre perfecto en la cama, uno que me azota y me besa a la vez. Por esto un polvo cariñoso, sea rosa o de vainilla muchas veces viene bien.

Fuente

 

www.labocaroja.com

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